Thursday, May 9, 2013

La cigarra no es [solo] un bicho

Es casi seguro que mis contemporáneos habrán captado de inmediato a qué me refiero con el título de esta entrega.
Y también lo habrá captado, me atrevería a asegurar, cualquiera que esté familiarizado con el cine argentino.
Fue hace 50 años —este pasado lunes 6, para ser preciso— que La cigarra no es un bicho llegó a las pantallas del cine. La comedia sería luego uno de los mayores éxitos de taquilla en América Latina.
Para su época, La cigarra no es un bicho fue una producción sumamente atrevida.
La cigarra y la hormiga en youtube
La fábula en youtube

Pero no es, necesariamente, una gran película. Su director, Daniel Tinayre, está citado en este blog diciendo que fue, “Mi peor película y la más imitada”.
El sexo es, como sabrán quienes hayan visto la producción, el principal ingrediente de la comedia.
Este minivideo en el que se destaca al elenco y uno de mayor duración, con la parte dos del filme, están disponibles en youtube para quienes no hayan tenido hasta ahora la oportunidad de disfrutarlo.
Más memorable en términos de la cinematografía argentina —a juzgar tanto por el contenido del hiperenlace anteriormente citado como por el de este otro blog— parece ser el siguiente dato: La Cigarra figura en los anales filmográficos como la primera producción nacional en la que un actor argentino dice, por vez primera en la pantalla grande, una “mala palabra”.
Cito, sin editar, del primer blog:

“En esta película se escucha por primera vez en el cine nacional una mala palabra o puteada, esta puteada es "Pelotudo" y la pronuncia nada menos que Luis Sandrini, el público estalló en carcajadas sorprendido por el epíteto en boca de un primer actor acostumbrado a brindarnos personajes tiernos ingenuos y sobre todo hasta ese momento muy blancos”.

Traigo a cuento ese medio siglo de aparición de La cigarra no es un bicho porque coincide, de manera curiosa, con la inminente invasión en gran parte del noreste de los Estados Unidos, de miles de millones de cigarras.
Tal como sucedió en las primaveras de hace 34 y 17 años, las cigarras [chicharras, las llamamos en mi país nativo] figuran de nuevo muy al tope de las informaciones periodísticas en el territorio norteamericano.    Una búsqueda en Google con la sequencia “cicadas 2013” les dará, en inglés, una profusión de artículos y datos diversos sobre el fenómeno. Pueden leer artículos como este del diario Washington Post o también este otro que igualmente les guiará a este video de National Geographic sobre cómo se escuchará cuando las cigarras inicien su concierto.
Hay historias sobre las cifras relacionadas con la invasión, así como también otras —si es que por ahí uno le ha dado en algún momento consideración al tema— en torno a si puede o no servir de merienda.
Las cifras que se manejan, se darán cuenta, son estratosféricas: lo mismo puede haber 600 chicharras por cada ser humano o el total que en algún momento saldrá a la superficie bien podría ser entre un mínimo de 30 mil millones o de un billón.
La atención que rodea de nuevo a la cigarra —por apenas solo la tercera vez en escasamente menos de siete lustros— es bien merecida.
Aquellos, como yo, más familiarizados con el canto anual de la cigarra no podríamos estar más que emocionados por el barullo que los medios estadounidenses han armado esta vez en torno al humilde y con frecuencia calumniado insecto.
Porque para nosotros —espero que coincidirán conmigo— las cigarras son más que simplemente un insecto estridente y de ojos saltones.
Son recuerdos de fábulas aprendidas en el regazo de una madre, leídas por familiares o hermanos mayores o recitadas por maestras al frente de un pizarrón, cuando apenas comenzábamos a leer.
Un aparte, a propósito de la fábula.
En inglés, en el relato de Esopo quienes estelarizan son la hormiga y el saltamontes.
Todos sabemos que las historias infantiles no tienen, necesariamente, que tener ningún sentido.
La titularidad del saltamontes quizá se deba, no les parece, al ciclo ese de 17 años que ahora ocupa los titulares de los periódicos.  
Porque por más crédulo que pueda ser un niño, siempre será más fácil hablarle de un saltamontes —o grillo, según el caso— que de una cigarra, que nada más se aparece por ahí cada 17 años.

Para nosotros, además de cosa de fábula, las cigarras son también canciones de amor, como este sentido huapango que interpreta la Embajadora de la Canción Mexicana María de Lourdes en esta película de 1965 que incluye la composición más conocida del cantautor mexicano Ray Pérez y Soto —quien, asimismo, a principios de la década de 1960 también compuso el Corrido a John F. Kennedy que figura en el LP cuya carátula se puede ver en este sitio web.
El huapango de Pérez y Soto data de la década de 1940 y una anterior versión la grabó el Trío Calaveras, en el ritmo huasteco del huapango.
Lo más probable es que muchos hayan escuchado La Cigarra de Pérez y Soto en el más ampliamente publicitado éxito de Linda Ronstadt, que salió al mercado a mediados de los 80.
Humilde y difamada, la cigarra, mencioné antes.
Pero sumamente reconocida.
La cigarra figura también en poemas, como en este del salvadoreño David Escobar Galindo:


EL MADRECACAO
Amaneció vestido de rapsoda
-soñando con la Iliada rosada-.
Pero su canto fue tan solo
un fuego triste de chicharras.

Tuesday, April 30, 2013

La telaraña mundial

Los lectores de estas Hablanzas y Malhablanzas recordarán que en dos de nuestras primeras entregas, El buen decir y La web precede a la Internet, recordábamos los intríngulis que generó para todos la irrupción de la World Wide Web.
Traigo a cuento ambas entregas porque es hoy, martes 30 de abril, cuando se cumplen exactamente dos décadas de que el físico británico Tim Berners-Lee la dio a conocer.  
Fue él quien creó la web (Foto CERN)
La invención del científico data de 1989 y su propósito original era satisfacer la necesidad de compartir información entre físicos de universidades e instituciones del mundo entero.

Como pueden leer en este comunicado del evento divulgado por CERN, el acrónimo en francés de la Organización Europea para Investigaciones Nucleares, fue entonces que la tecnología de la World Wide Web (“W3”, o simplemente “la web”) se puso a la disposición del mundo entero de manera gratuita, sin pago de regalías de ningún tipo.
Para evitar repeticiones y dado que las entregas anteriores quedan ahí para consulta, les recordaré nada más que entre las dificultades que planteó la irrupción del nuevo sistema de intercomunicación instantánea [hablo de las dificultades para quienes andamos en cosas del lenguaje, que no son necesariamente las únicas que afloraron] estaba la de cómo llamarla.    
El logo original (Imagen CERN)
Inicialmente no hubo más remedio que repetir el nombre tal cual: World Wide Web (entrecomillado o en itálicas) o bien recurrir a la abreviatura misma ofrecida por la CERN: “W3” [el logo original de Robert Cailliau, a la izquierda, recoge la abreviatura]. Nada práctico en algunos casos. En la península se la llamaría “Triple Uvedoble” mientras que en el resto del mundo sería “Triple Doble U” [aparte, claro está, de la reticencia que cabría esperar en naciones donde lo de Triple seguido de una sola letra se asocia con organizaciones nefastas y sangrientas, y paro de contar].
Se llegó así al adefesio ese de “La telaraña mundial” propuesto por algunos [que recordamos en el título de esta entrega] y que al final, misericordiosamente, no prosperó.
El comunicado de la CERN recoge las declaraciones de su director general, Rolf Heuer: “No hay ningún sector de la sociedad que no haya sido transformado por la invención de la web en un laboratorio de física. Desde las investigaciones hasta los negocios y la educación, la web ha estado reconfigurando la manera en que nos comunicamos, trabajamos, innovamos y vivimos. La web es un poderoso ejemplo de la manera en que las investigaciones fundamentales benefician a la humanidad”.
¡Satamismo, Herr Heuer!
A nivel estrictamente del lenguaje, tenemos como ahora el Diccionario de la Real Academia recoge ya el término web:

Artículo enmendado.
Avance de la vigésima tercera edición
web.
(Del ingl. web; propiamente 'red, malla').
1. f. Inform. Red informática.
□ V.
página web
sitio web
Real Academia Española © Todos los derechos reservados.

y, como apuntábamos también antes [previa su inclusión en la venidera edición impresa], Internet:

Artículo nuevo.
Avance de la vigésima tercera edición
internet.
1. amb. Red informática mundial, descentralizada, formada por la conexión directa entre computadoras mediante un protocolo especial de comunicación.

ORTOGR. Escr. t. con may. inicial.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados


La reproducción del primer sitio web
Uno se entera de estas cosas, naturalmente, porque decide surfear por la web para enterarse de lo que está pasando en el mundo que nos rodea [más allá de las pantallas estas de las terminales de computadoras que ocupan nuestro tiempo de manera casi constante].
La irrupción de la web, nos dice la CERN, fue de carácter explosivo: para fines de 1993, había ya 500 millones de servidores en funcionamiento y la “telaraña mundial” [y bueno, no deja de ser pintoresco, aunque chorro] representaba el 1% del tráfico mundial en la Internet.
“Transcurridos veinte años, se estima que hay unos 630 millones de sitios web en línea”, agrega la CERN.

Monday, April 29, 2013

Mi primera salida al cine

La primera vez que llevé a una chica al cine yo andaba apenas entrado en siete años.
El menor de todos mis hermanos había nacido en octubre de ese año [poco más de tres décadas después, su primera hija y el segundo hijo de mi hermano, que llevaría también su nombre, nacerían también en ese mismo mes] y yo y mi hermana, la única hermana que jamás tuvimos, partimos una tarde al recientemente inaugurado Cine Gavidia para ver The Red Shoes (Las zapatillas rojas).
Escena del ballet en Las Zapatillas Rojas
La escena del ballet

Mi hermana solo por parte de madre [Mayita fue una madre soltera y no contrajo matrimonio sino hasta que conoció a Payito, como sus tres hijos los llamamos siempre a ambos], Gloria Marina era 10 años mayor que yo. Así que entiéndase eso de que yo llevé a una chica al cine más bien como una estratagema de su parte para distraerme, a fin de que dejase de incomodar porque la atención de Mayita estaba puesta, como cabía esperar, tanto en Oli, el recién nacido, como en Reynaldo, quien me seguía.
Alta para su generación, mi hermana era entonces una esbelta y atractiva adolescente, que acababa de ingresar al mercado laboral como secretaria.    
No solo era una excelente —y veloz— mecanógrafa sino que también podía tomar dictado en taquigrafía. Su caligrafía Palmer era una de las mejores que yo vi jamás. Su letra de carta, como decíamos entonces, era inclusive mucho más elegante que la de Mayita, algo que para mí ya era decir mucho —y no, aunque mi letra cursiva nunca pasó de “bonita”,  jamás llegué a igualar la habilidad de ambas.
Las zapatillas rojas
Una fatal obsesión

El año al que me refiero era 1954. En esa época, las ofertas cinematográficas en el tórridamente cálido San Miguel —allá, lejos, en el oriente de El Salvador— eran en su mayoría películas mexicanas.
En vista de que las producciones en inglés debían llevar subtítulos —en ese entonces, el doblaje era menos usado que a la fecha— los cines locales no siempre ofrecían películas de buena calidad. Parte del motivo por el cual un filme que para entonces tenía la misma edad que la mía apenas comenzaba a proyectarse en las pantallas salvadoreñas.
A Yoyita [así la llamé siempre] no le preocupaba en nada mi capacidad de leer los subtítulos —quienes hayan leído mi anterior entrega en este blog habrán de concluir que para cuando cumplí seis años leía con la misma soltura con la que hablaba— a pesar de lo cual me preguntó, luego de terminada la función, si había algo de la trama que yo no hubiese entendido.  
No se sorprendió en nada cuando le respondí que no.  A ambos nos había literalmente cautivado la escena del ballet en Las zapatillas rojas [también pueden ver la parte dos], que es todo un festín para los ojos.
No es que pretenda en manera alguna ser un genio, así que nada me cuesta admitirle a nadie que a tan temprana edad hubo, claramente, ciertas cosas que para mí no tenían sentido alguno.
Pero eso lo atribuyo igual al hecho de que, como a todos nos pasa, no es fácil descifrar las complejidades del comportamiento humano.
Y fue por ese mismo intrincado modo de actuar de la gente y la manera en que Yoyita y yo comentábamos luego la trama, que también concluí en que algunas de las respuestas en Las zapatillas rojas bien podrían haber eludido su comprensión.
Mi hermana era de temperamento extremadamente romántico [dos de sus melodías favoritas de todos los tiempos eran Doce Cascabeles y Dos Cruces] pero no obstante esa cualidad, alguien que haya visto el filme coincidirá con nosotros en que hay ciertas cosas cuyo porqué no está muy claro.
Avanzo ahora a aproximadamente entre dos años y medio o tres más a una nueva salida al cine con mi hermana.
Para entonces, ella estaba de secretaria en el periódico donde yo habría de iniciar años después mi aventura profesional como periodista y, para festejar su empleo [y más que probablemente, si la memoria no me falla, como parte de sus conversaciones con nuestra madre en torno a sus planes para contraer matrimonio con un joven poeta, contador público y maestro] nos había invitado a los tres a ver una producción estadounidense, Beneath The 12 Mile Reef.

Póster de Costa Brava
Una metida de pata

El filme se lanzó al mercado unos tres años antes pero había sido seleccionado como la película inaugural para el Cine Regis: la producción se había filmado con una nueva técnica, llamada CinemaScope, y la recién construida sala cinematográfica tenía la nueva pantalla ancha donde la belleza de la filmación podía apreciarse en todo su esplendor.
Hay dos cosas que recuerdo vivamente de esa ida al cine.
La primera es que, para ese entonces de entre ocho y nueve años, si bien estaba todavía demasiado pequeño como para ser presa de lo que uno podría llamar un interés romántico, en “Costa Brava” [uno de los tres títulos con que el filme se distribuyó en español] la pelirroja Terry Moore, de escasos 1.53 metros de estatura, era un petardito de mujer demasiado explosivo como para que yo no comenzase a conjeturar sobre el misterio de lo que es el atractivo sexual.
La segunda es una de las mayores “metidas de pata” que yo haya cometido en toda mi vida: me hizo merecedor tanto de una compasiva palmadita en el cogollo por parte de mi hermana —acompañada de una de sus resonantes carcajadas— y de risotadas de toda la audiencia.
Luego de aproximadamente 35 minutos de iniciado el filme ustedes verán esta escena en la cual Gilbert Roland, en el papel de padre de Robert Wagner, derrota a los puños a Peter Graves.  
En algún momento durante la riña, la gorra de capitán de barco de Roland cae al suelo y el marino que lo acompaña la recoge y la cuelga en una palmera aledaña.

Terminada la confrontación, Roland, Wagner y el marino abandonan el lugar.
“¡Oigan, dejaron la cachucha!”, grité entonces yo al victorioso trío, tan cautivado como el resto de la sobrecogida audiencia [no, la película no tiene la excelencia de Las zapatillas rojas, pero es lo bastante buena como para que uno la siga con atención].
¿Alguna vez han tenido ese deseo de decir, “¡Trágame, tierra!” ¡Satamismo! Así me sentí ante las risotadas que desató mi exabrupto.
El olvido, por supuesto, era parte de la trama.  
Posteriormente, el personaje que Roland interpreta muere y, naturalmente Wagner, su hijo, vuelve al sitio para recuperar ese legado paterno.

Aunque me sentí reivindicado, no hubo monto alguno de engreimiento que pudiese evitar la ira con que volví a ver al hombre este que, a la salida del cine, decía a su mujer, mientras me señalaba, “¡Mirá, mirá, ese es el niño que anticipó que algo había en eso de olvidar la cachucha!”
Con el paso de los años, Yoyita y yo mantuvimos nuestra cercanía.
Yo me regocijé con el nacimiento de cada uno de sus cuatro hijos, lamenté la muerte de la mayor de mis sobrinas [de lo cual  me enteré solo semanas después de sucedida, porque para entonces ya había emprendido —sin proponérmelo, debo decirlo— mi larga jornada hacia el destierro], compartimos congojas, preocupaciones e inquietudes en torno a muchas cosas, entre ellas los ocasionales distanciamientos entre padres e hijos, volé de urgencia para acompañarla cuando su esposo sucumbió súbitamente a un ataque cardíaco, y conversamos siempre que nos era posible, aunque no con la frecuencia que ambos deseábamos o necesitábamos.
Gloria Marina Fernández con Miguel Ángel Asturias, Nobel guatemalteco
Con Miguel Ángel Asturias, por los años en que el guatemalteco fue galardonado con el Nobel

A lo largo de todos esos años, Yoyita se hizo maestra, escribió cuentos, obtuvo una Licenciatura en Literatura y Filosofía y galardones más que merecidos por sus trabajos, como pueden leer aquí [una síntesis de sus logros pueden encontrarla buscando por Gloria Marina Fernández] y aunque desde principios de los 2000 empezó a sufrir de deficiencia renal terminal, continuó trabajando porque su sed de vida superaba su temor de morir y compuso la letra de esa canción, musicalizada por su hijo, el menor, quien es también escritor, maestro, compositor, músico, blogger y responsable de este homenaje a su memoria.
Yo estuve a su lado durante la parte más fructuosa de su vida.  
Me ausenté, por diversos motivos, de la que constituye el epílogo.

Lo digo no tanto como un lamento, aunque sí con tristeza.
A su muerte, en el último día de octubre de 2012, habían pasado ya varios años desde que conversamos por última vez.
Este es, pues, un mensaje de condolencias que desde hace mucho les debo a sus hijos y sus nietos.
Pero mis remembranzas de ella no están matizadas por ningún duelo.
Puede que haya alguien que piense que el luto debería ser parte de esas remembranzas.
Por lo que a mí respecta, a Yoyita la celebraré siempre por lo que fue su vida.

Monday, April 22, 2013

La hora de ser más listo

Ya es uno de los comediantes y autores de mayor popularidad en los Estados Unidos.
Pero si ese no fuera el caso, me parece que Jeff Foxworthy bien podría tener más que asegurado su éxito si fuera a incluir entre los huéspedes de su programa a los traductores y editores de anuncios como ese que ilustra esta entrega.
No me refiero, al decir programa, a su comedia televisada homónima —de corta duración en las cadenas nacionales estadounidenses— en cuyo reparto figuró originalmente Haley Joel Osment, antes de que saltase a la fama en El Sexto Sentido como el atribulado estudiante de primaria capaz de ver a los muertos.
Escribe para ese nivel, no a ese nivel
Escribe para ese nivel, no a ese nivel

[Antes de continuar: el tema de esta entrega no tiene nada que ver con mal uso del lenguaje en eso de “perder libras”. Tanto el Diccionario Panhispánico de Dudas como la definición del verbo en el
Diccionario de la Real Academia dejan en claro la utilización impropia del vocablo en el anuncio. Y este artículo, que data de hace poco más de cuatro años, abunda más sobre el tema].
Foxworthy viene al caso más bien por otro de sus programas, el concurso de preguntas y respuestas con premios en metálico [en efectivo, en plata contante y sonante] cuya versión en español algunos conocerán como, “¿Sabes más que un niño de primaria?
Al igual que sucede básicamente con cualquier juego de azar, en el concurso la ventaja es también para la casa.
Me explico. Si bien es cierto que pone a prueba el conocimiento de los participantes, al fin de cuentas todo se reduce todo a una cuestión de números. En este caso, de lo que puede llamarse simple y llanamente probabilidad.
Puestos a competir, la probabilidad siempre será mayor de que chiquillos con la mente fresca y justo en la edad en que deben dedicarse al estudio de los temas propios de su nivel educativo sabrán responder mejor que los concursantes adultos.
El programa no es precisamente un “reality show” —sí, sí, ya sé, por ahí la Fundéu aconseja que usemos telerrealidad y no el término inglés—. Pero es precisamente la inclusión de los sabihondos mocosuelos y de los más bien estupefactos y avergonzados adultos [su vergüenza producto de verse obligados a admitir que distan mucho de ser “más listos” que un estudiante de quinto grado, conforme al título original del programa] la base del éxito del concurso.
Ese éxito se sustenta en lo que bien podríamos considerar conceptos equivocados, si es que no creencias sin fundamento o, para usar un término quizá más fuerte todavía, falacias.
Una es la extendida noción de que un grado académico confiere categoría de genio.
En la mayoría de los casos, nada está más lejos de la verdad. Los profesionales universitarios que sudaron la gota gorda en sus años de educación primaria y secundaria bien podrían ser numerosos. Cierto es también que la excelencia en ambos niveles no siempre se traduce en una profesión académica.
El otro error es de dos facetas, cada una —desafortunadamente— relacionada con el anuncio que nos ocupa. El “reto” ese de “perder libras” de que se nos habla refleja un concepto cada vez más propagado entre los ejecutivos de agencias de publicidad, en especial en lo relacionado con el lenguaje que debe usarse para el consumidor de habla hispana: nivel de quinto grado.
La cara uno del error es la noción de que el “nivel básico” en materia de educación es sinónimo de poco informado, cuando no literalmente ignorante.
Un vistazo a los planes de estudios para quinto grado de tres áreas geográficas distintas: El Salvador, México y el condado de Gwinett en el estado de Georgia, Estados Unidos, puede servir muy bien para demostrar que ese convencimiento es equivocado.  

Al menos hay que intentarlo
Al menos hay que intentarlo

 La cara dos [patente en el anuncio con burradas de todo tipo, no solo conceptuales sino también de ortografía y sintaxis] quizá sea un pelín más difícil de comprender, al menos para los ejecutivos de cuentas vinculados al anuncio que nos ocupa: escribir en un lenguaje comprensible para nivel de escolaridad de quinto grado no significa escribir como lo hacen los estudiantes de primaria.

Como bien sabe cualquier maestro de primaria, cuando se enseña a estudiantes en ese nivel ha llegado la hora de ser más listo.
O por lo menos —en el caso de quienes redactan, conciben, traducen o editan anuncios— de intentarlo.

Friday, April 12, 2013

La confusión del glamour

Tiene uno por ahí máximas y proverbios, dichos y refranes, cosas que en nuestros días algunos bien podrían llamar frases hechas y que, como apuntábamos en una de nuestras primeras entregas para estas Hablanzas y Malhablanzas, en ocasiones se toman literalmente.
Encuéntrame una imagen
Pienso, por ejemplo, en lo que wikipedia califica aquí de adagio, el dicho [como muchos otros] nacido en la esfera del periodismo allá a principios del Siglo XX: A picture is worth a thousand words [nótese, antes de seguir adelante, que el Diccionario Panhispánico de Dudas nos advierte que no debe confundirse el vocablo español adagio con la voz italiana que no sólo se pronuncia distinto, sino que también tiene un significado diferente].
El Refranero Multilingüe del Centro Virtual Cervantes cataloga el dicho como una frase proverbial y la traduce así: Una imagen vale más que mil palabras.
[Sí, sí, ya lo sé. Por ahí habrá quienes hayan escuchado la frase como, Una foto vale más que mil palabras —nótese, por principio de cuentas, que al atribuirse su origen al entorno periodístico  “foto”, antes que “imagen”, vendría más al caso—. Igualmente no faltarán quienes hayan leído en alguna parte que el dicho data de mucho antes del artículo periodístico en el que se cita a Arthur Brisbane. Todo eso tiene su respuesta en la página de wikipedia, que no sólo cita otras versiones sino también datos sobre un origen que predata el uso en los Estados Unidos].
Como muchos refranes, proverbios, etc., eso de que una foto o una imagen valen más que mil palabras no debe tomarse en un sentido literal. En ocasiones, bien podría decirse que no hay imagen alguna capaz de reemplazarlas.
El facsímil que ilustra la entrega es parte de la página web en la que se reseña el Discurso de Gettysburg del presidente Abraham Lincoln.
En ese recorte periodístico está plasmada la transcripción del mensaje cuyo total de palabras oscila entre 263 y 270 [dependiendo de quién las cuente y de cómo las cuente].
O como dice por ahí un póster con el que en alguna oportunidad se habrán topado: Si en verdad te crees eso de que una imagen vale más que 1,000 palabras, aquí tienes 270 —tienes todavía 730 más para llegar a mil, de modo que encuéntrame una imagen equivalente.

Y, sin embargo… en torno a la confusión esa que mencionamos en el título de esta entrega, nada hay como las imágenes para sintetizarla.
Vean, por ejemplo, esta captura de pantalla del DPD sobre “glamour”:




que remite al usuario a la siguiente página web [el Panhispánico, recuerden, data de 2005]:




Más tarde, en 2008, la Fundación del Español Urgente respondía así a una consulta:




Pero si van ustedes al Diccionario de la Real Academia se encuentran, ahora, con esta definición:




que les guiará luego [al oprimir el botón de Artículo Enmendado] a esta otra [la enmienda, como mencionábamos en un post anterior, consiste básicamente en la inclusión de la etimología esa que reitera el origen francés, con procedencia del inglés, del vocablo].





A ver, entonces, si nos entendemos.
La adaptación gráfica glamur que el DPD nos propone en 2005 no está reñida con el uso de glamor ahí admitido. Dado, sin embargo, aquello de que lo nuevo supera a lo viejo, ante la inclusión de glamour [y no glamor ni glamur] en la vigésima tercera edición del DRAE, anunciada para 2014, debemos concluir entonces que…
Mientras se aclara la confusión —si es que se aclara— les copio otra captura de pantalla más, el post de una de mis contactos en facebook sobre el tema, que bien podría resumir cómo se sienten muchos ante la recomendación del DPD:



¡Satamismo!, bien podrían decir algunos.

Monday, April 8, 2013

Conecte el cerebro antes de hablar

El título de esta entrega es una frase que se encuentra a menudo en las redes sociales, con ligeras variaciones.
En síntesis —y no es que estemos presumiendo aquí de haber emprendido la reinvención de la rueda— antes de afirmar algo sobre el tema ese que justo se le acaba de venir a la mente, cerciórese de que sabe de qué está hablando.
Su inventora se apellidaba Miller
O como bien apuntan los paremiólogos del Centro Virtual Cervantes en el Refranero Multilingüe: asegúrese usted de que, al hablar, prima la discreción.
Esa es la idea clave en refranes, lo mismo en desuso que aún en boga, como “Por hablar poco, nada se pierde”, “Más vale buen callar que mal hablar”, “A buen entendedor, pocas palabras” y hasta “En boca cerrada, no entran moscas”.
No todas esas paremias [refranes, pues, pero reitero el vocablo para facilitar la relación con lo de paremiólogos arriba, en caso de que el vínculo con refranero no haya quedado muy claro] corresponden exactamente con la frase del título.
Las cito, sin embargo, en razón de la imagen al tope, en la que un anónimo crítico tuvo a bien captar con su celular unos cuantos párrafos de la información publicada en un periódico salvadoreño en torno a un hecho criminal.
“Lo menos que podrían hacer estos periodistas [no cito textualmente, porque la imagen la encontré hace ya algún tiempo y puse el tema al rescoldo durante casi un año] es consultar” el Diccionario de la Real Academia, rezaba, por ahí, la crítica, aludiendo a la inclusión de blúmer en el texto de la gacetilla.
De manera más bien curiosa, el periódico sujeto de la anónima crítica es el mismo en el que dos de sus más connotados columnistas de la época libraron hace más de medio siglo una amigable polémica en torno al uso [o mal uso, para ese entonces] del término cuyo origen se encuentra en el inglés bloomers.
Aunque la inventora de la revolucionaria prenda interior fue Elizabeth Miller, el nombre con que pasaron a la posteridad es homónimo del apellido de Amelia Bloomer, una feminista de mediados del Siglo XIX, como leerán en el hiperenlace anterior.
En el recorte de El Diario de Hoy que reproduzco abajo, Pedro C. Maravilla [seudónimo del poeta y periodista salvadoreño Serafín Quiteño] reprendía al también columnista, padre Robustiano Redondo [uno de los varios nom de plume, a su vez, del médico y escritor Alberto Rivas Bonilla] por su presunta falta de tacto al abordar el tema del uso de “brassiere” y “bloomers” [haga clic en el facsímil para leer el texto].



El tono de C. Maravilla era humorístico, también para su época, y es bien probable que a estas alturas habrá más de alguien que se sienta ofendido por el uso de ciertos vocablos en la columna —que dicho sea de paso era todo un jolgorio, al hacer énfasis en el sacerdocio [en la vida real, Rivas Bonilla no tenía nada de cura] que presuntamente le impediría ser conocedor de prendas femeninas.
Lo que sí quedaba claro, entonces, es que Robustiano Redondo tenía razón al criticar el uso del anglicismo.
No es el caso del anónimo crítico de la utilización de blúmer en la gacetilla.

Artículo nuevo.
Avance de la vigésima tercera edición
blúmer.
(Del ingl. amer. bloomers).
1. m. Am. braga (‖ prenda interior) U. t. en pl. con el mismo significado que en sing.

Tal vez no "conecte el cerebro" pero sí "consulte el DRAE" antes de criticar un término, ¿no les parece?

Sunday, April 7, 2013

El esplín del glamour

Grabado de la edición de 1843
Hay por ahí, en los anales de la narrativa popular, innumerables historias sobre la astucia del ser humano.
Por narrativa popular no me refiero tanto a la literatura formal como a las anécdotas y leyendas, las tradiciones, los chistes y chascarrillos, esos relatos por lo general de autor desconocido que plasman en detalle [no pocas veces con una buena dosis de humor] cuánta fue la viveza del personaje para doblegar a su rival.
La astucia es, naturalmente, más celebrada si el perjudicado por el engaño —cuesta llamarle “víctima”, créanmelo— resulta ser el diablo mismo.
En ocasiones, la inventiva del personaje puede llevar a un triunfo más o menos indirecto, como es el caso en este clásico
cuento de Robert Louis Stevenson, traducido al español como El diablo de la botella, que puede leerse en su totalidad en este último enlace.
En otras, como en la historia de este fraile, que pueden leer en esta versión ligeramente distinta, es algo más directo.
Un chiste popular en mi país de origen nos dice, por ejemplo, del campesino que tras un encuentro con el fulano ese logra evitar la perdición de su alma utilizando un capirucho de morro, como el de la imagen abajo, tomada del sitio web del museo de una población del norte de El Salvador.
La narración, que puede ser breve o extensa según la habilidad de quien la emprenda, concluye con el campesino llevándose la bola horadada a sus posaderas para emitir luego una flatulencia.
—Ahora vos decime, ¿por cuál hoyo salió el pedo? —conmina el campesino [el tono es perentorio porque, naturalmente, alguien tan astuto no puede hablar con voz trémula ni lucir acobardado].
¿Por cuál de todos salió?

El diablo es frustrado en su intento porque la respuesta al acertijo no es ninguno de los agujeros de la bola del capirucho a los cuales apunta una y otra vez, sino que se encuentra en la definición del vocablo.
Más de alguno habrá por ahí que catalogue ese tipo de relatos como triviales o, desde un punto de vista religioso, dañinos.
Pensarán a lo mejor en Charles Baudelaire, quien allá por 1864 advertía en su obra El esplín de París —en su relato El jugador generoso— de que la mejor argucia del diablo ha sido la de persuadirle a uno de su inexistencia.

Nos dice, el narrador: "De ninguna manera se lamentaba [el diablo] por la mala reputación de la que goza en todas partes del mundo, me aseguró ser la persona más interesada en la destrucción de la superstición, y me confesó que solo una vez había temido por su poder, el día en que había escuchado a un predicador, más sutil que sus colegas,exclamar en el sermón: '¡Mis queridos hermanos,jamás olvidéis, al escuchar alabanzas sobre el progreso de las luces, que la astucia más hermosa del diablo es persuadir de que no existe!'".
Aunque no hubiesen leído antes a Baudelaire pueden estar seguros de que la frase en cuestión les habrá sonado más que familiar. La escucharon en The Usual Suspects, uno de los mejores filmes de las últimas décadas —de siempre, dirán muchos— con Kevin Spacey en uno de los mejores papeles de su carrera cinematográfica.
Al igual que Sir Walter Scott, de quien nos ocupamos en la entrega anterior y que figura de nuevo en esta —si bien de manera indirecta—, Stevenson era escocés, así que a nadie debería extrañarle que una de sus obras más conocidas hable de hechizos, demonios y encantos.

Y como verán en las notas de El canto del último trovador [otro de los grabados de la traducción publicada en Barcelona en 1843 figura como ilustración principal de esta entrega], cuya reproducción en la copia digitalizada incluimos, hasta eminencias literarias de la antigüedad, como Virgilio, salieron alguna vez airosos al enfrentarse al diablo [léase la Nota 1 del Canto Sexto].