Wednesday, November 1, 2023

De nuevo a las andadas

De lapsus linguae ...

Quienes siguen con mayor o menor asiduidad estas Hablanzas y malhablanzas recordarán que, en más de alguna ocasión, he comentado los desaciertos que se dan a menudo en el lenguaje diario.
En una entrega que actualicé hace unos días para reflejar la inclusión de “vallenato” en el mataburros, mencionaba cómo el desconocimiento previo —la ignorancia, así a secas, pero un término capaz de ofender sensibilidades— lleva muchas veces a error.
El desfase entre lo literal y lo conceptual, apuntaba en una entrega anterior a la citada, es más evidente en los casos de traducciones equivocadas, que no siempre pasan a entintar las páginas de los periódicos.
La asombrosa definición de las cámaras a bordo de los satélites espía del Pentágono, se nos informaba en la década de 1980, podían captar desde los cientos de kilómetros de su órbita geosincronizada detalles tan precisos como el crecimiento incipiente de la barba al término de la jornada laboral.
La frase proverbial o modismo con que se hace referencia a la “soldier's five o'clock shadow” se tradujo (no se publicó así, pero se tradujo) como “la sombra de un soldado a las cinco de la tarde”.
La prisa puede también generar desaciertos, como quedó patente en la gacetilla periodística sobre un caso común de violencia callejera en una ciudad estadounidense, en la que un transeúnte fue “fatalmente disparado” —“fatally shot”, en el lenguaje original— antes que “mortalmente herido” o “herido de muerte” por el delincuente.
Hablando de disparos, por cierto, el relato de un diplomático centroamericano allá en la década de los 60 ilustraba los peligros de ignorar los regionalismos.
“¡Disparemos!”, según el narrador, fue la respuesta del insurgente suramericano al alerta de su cohorte centroamericano sobre la proximidad de fuerzas militares en busca de capturarles.
“El visitante quedó tendido ahí; su anfitrión vivió para contarlo”, concluía el diplomático su narración del —probablemente apócrifo— incidente.
Así las cosas, sería aconsejable cerciorarse de que un determinado interlocutor no esté armado si llegase uno a decir “¡Dispara tú!” en un restaurante o cafetería.
Hombre prevenido, después de todo, vale por dos, nos dice la paremia desde la era cervantina.
Modifiquen el refrán a “La gente prevenida…” si son ustedes congéneres de los políticos y burrócratas —ajem, perdón por el lapsus calami, burócratas— que en nuestros días usan “los ciudadanos y las ciudadanas” cada que abren la boca.
En nuestros días, como bien saben quienes leen estas Hablanzas, muchos de los desaciertos son producto de la insalubre —excesiva e indolente, también— confianza en los servicios de traducción en línea. Los cibertraductores, si queremos llamarles así.

Es asimismo posible que las deficiencias en una determinada expresión reflejen la utilización impropia de un registro ajeno al necesario.
Lo de registros se lo debemos al lingüista estadounidense Martin Joos, quien categorizó los cinco niveles o aspectos en los que comúnmente se da la comunicación.
En pocas palabras, hay un nivel comúnmente accesible a todos y es ahí donde conviene evitar el uso de una cierta terminología que podría entorpecer la comprensión por parte de quien la oye o lee.

... a lapsus freudiano
Los verbal slips
—errores verbales, o lapsus linguae— del perdedor de las elecciones presidenciales estadounidenses de 2020 a los que se refiere el artículo original del New York Times en la captura de pantalla incluida arriba, se tradujeron como “deslices” en la versión en español publicada luego por el mismo matutino.
Porque al lapsus puede también llamársele, correctamente, “desliz”, según el mataburros, cabe conjeturar que en la traducción se optó por el registro más bajo.
A mi manera de ver las cosas, el problema es que, en el lenguaje coloquial la acepción de desliz, según el DLE, es la segunda.
Es decir que tendríamos, entonces, un lapsus freudiano.

Thursday, October 12, 2023

Mirando cosas viejas

Como quedará claro en esta breve entrega, el título nada tiene qué ver con ninguna melodía de salsa ni con mirarse —vale, vale, pues, mirarme, para ser más exacto— en un espejo.
Me refiero más bien a las capturas de pantalla (fotografías, si lo prefieren) de dos de mis poemas preferidos, que reproduzco a continuación.
Con galantería, sin temor
Colgué ambas fotos hace ya más de una decena de años, meses antes de las fechas en que se revive el debate anual sobre lo que antes llamábamos el Día de la Raza.
La virulencia en torno a la llegada de Cristóbal Colón a nuestra América continúa.
La oda de Neruda a las palabras —al lenguaje, de hecho— deja patente que si se aprecia solo desde el punto de vista de quienes aborrecen la noción del “descubrimiento”, esa virulencia se afinca en el error [digresión — qué les parece leer ahí, a mitad del prosema: “Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció.”)
Una vía de va y ven


En Hablanzas he dicho en numerosas oportunidades que esto del lenguaje ha sido, desde siempre, un intercambio, una amplia calle de va y ven, antes que una vía de sentido único.
Se acordarán de cigarro , la expresión maya que saqué a cuento en la entrega sobre el mofletudo e indigesto viajero ferroviario.
En varias oportunidades, no necesariamente en este blog, he mencionado que tiza, del náhuatl tizatl, según apunta el DLE, parece ser el término preferido en la península, en contraposición al uso de yeso en América.
Nos dejaron las palabras, nos dice don Neftalí, pero también se llevaron otras como tiza y cancha, del quechua kancha “recinto, cercado”.
El uso extendido de ambos términos —extranjerismos, de hecho, porque provienen de otros idiomas— en la actualidad no necesariamente implica que se los adoptara fácilmente.

Saturday, October 7, 2023

De cómo utilizar "mico mandante"

Al amanecer, estragado por la tormentosa vigilia, apareció en el cuarto del cepo una hora antes de la ejecución. “Terminó la farsa, compadre —le dijo al coronel Gerineldo Márquez—. Vámonos de aquí, antes de que acaben de fusilarte los mosquitos.” El coronel Gerineldo Márquez no pudo reprimir el desprecio que le inspiraba aquella actitud. — No, Aureliano —replicó—. Vale más estar muerto que verte convertido en un chafarote. — No me verás —dijo el coronel Aureliano Buendía—. Ponte los zapatos y ayúdame a terminar con esta guerra de mierda.
Cien Años de Soledad


Tras haber colgado de nuevo en mi muro de Facebook, hace unos días, la entrega esta en Hablanzas sobre los apodos, los comentarios de un par de amigos me han animado a revisitar el tema.
“Con frecuencia me río cuando recuerdo el mundo fascinante de los cipotes de ayer, del entonces cargado de años”, me dice Tito, cuate de adolescencia que figura en la lista detallada al pie del artículo con los dos motes por los cuales, seguramente, habrá quienes le recuerden —o, quizá, identifiquen— con más facilidad.
Como seguramente habrán de percatarse quienes decidan leer el listado, no todos los sobrenombres se explican por sí mismos.
La lista, por ejemplo, incluye cuatro “Chele”, término que por lo general describe a alguien de tez sumamente clara. Lo de “Loco”, en otros casos, no alude necesariamente a personas con dificultades conductuales, aun cuando en algún caso bien puede ser más que acertado.
A uno de mis mejores amigos y colegas, Rolando, la mención de Chocolate le ha hecho recordar que “todo iba bien” en su fiesta de Primera Comunión hasta que el payaso comenzó a entonar canciones que hacían reír a los peques, pero horrorizaban a las mamás.
“ ‘Una frase frecuente del personaje era: ¡No se vayan, que ahora viene la Sandra!’, y levantaba las cejas con picardía mientras una muchacha de senos desbordantes, gran nalgatorio y no menos panzuda, con poca ropa, aparecía en escena”, agrega.
En ese mismo comentario, Rolando rememora el apodo de “Mico Seco” con que se llamaba en sus años de secundaria a uno de sus condiscípulos, “por tener una flaca contextura, en particular, rodillas de robustos cóndilos que la piel ni los músculos lograban disimular.”
Lo de “mico” alude a la primera de las acepciones del término en el mataburros, aunque bien podría  haberse utilizado en ocasiones para hacer referencia a alguna de las otras ahí listadas.
La primera de las acepciones fue también la intención de José María “Chema” Méndez, el jurista salvadoreño autor de muchos cuentos en los que imperaba el humor.
Méndez utilizó lo de "mico" para mofarse de quienes lo torturaron en su época de disidente.
En una de sus obras, citaba el doctor al raso que respondía a la orden del superior de turno y acotaba algo así como: No quedó claro en su respuesta si el subalterno decía, "mi comandante..." o "mico mandante..." [itálicas porque no es una cita textual].
En el caso de Chema Méndez, que dio en llamarse “Flit” cuando hizo de columnista en uno de los periódicos salvadoreños allá a mediados del siglo anterior —de donde “Fliteando”, como se titulaba su columna— es más que natural relacionar lo de “mico mandante” con un gobernante militar.
Pero queda claro que es aplicable a cualquiera que presuma de dictador.

Este solo se usaba contra las plagas
[Un breve aparte para explicar lo de “Flit”, la marca comercial de un insecticida cuya venta se descontinuó luego de determinarse los perjuicios causados por el DDT, uno de sus componentes principales. Se utilizaba mayormente con un atomizador, como el encontrado en Wikipedia que ilustra esta entrega.]
De uso más específico para referirse a los militares son otros dos términos despectivos: gorila y chafarote. Este último, como se darán cuenta en el mataburros, se origina en un término que en sí y por sí nada tiene de despectivo.

Friday, February 19, 2021

Au revoir, mon enfance

Como cabe esperar, en un sentido estrictamente cronológico mi infancia terminó hace ya décadas. Pero como verán luego, tengo un motivo para titular así estas remiscencias.   
Quienes saben de cine reconocerán de inmediato de dónde viene el título de esta entrega, aunque confío en que a todo el mundo le quedará claro que no hay tragedia alguna implícita en mi relato: es mayormente gozo y celebración de la vida, aun cuando sea el fin de la vida misma —en pocas palabras, la muerte de seres queridos— lo que trae estas remembranzas al proscenio.
El templo de mi infancia
El templo de mi infancia
 Ciertamente habré de ampliar luego el sentido de esa frase explicativa si bien, en un sentido más que amplio, comprender qué es la muerte no supone, necesariamente, que alguien deba morir.   
Para cuando yo nací, mis abuelos paterno y materno habían cesado de existir.   
Cuándo y por qué y cómo el abuelo Eduardo o el papá Lucio fallecieron no viene al caso.   
El hecho es que no conocí a ninguno de los dos.   
Y, no obstante, sí lo hice.   
Mis precoces memorias visuales de cada uno de mis abuelos están confinadas al retrato en blanco y negro colgando en una de las paredes de la casa de una tía materna o imágenes, similares, fijas en las pesadas páginas del álbum fotográfico de uno de mis tíos paternos.   
Que el hijo mayor de mi abuelo paterno —nacido fuera del matrimonio, como fue también el caso de mi padre— se asemejara tanto al patriarca, a juzgar por esa foto compartida a través de los años, hacía aún más fácil ese “conocer” de mi abuelo Eduardo.   
En ambos casos (ignoro si la explicación quedará clara) para mí el término muerte no significaba el fin de una existencia: era más bien una presencia intangible en nuestras vidas, tanto la mía como las de mis hermanos y primos.   
Presentes y, a la vez, ausentes. Presencia en pensamiento y en acciones por los relatos de mis progenitores, sus descendientes; ausencia en carne y hueso. Al mismo tiempo ahí, donde sea que ahí se encuentre, y aquí, junto a nosotros pero no precisamente al lado nuestro.   
Ese aterrorizante y desgarrador entendimiento que todos, en algún momento de nuestras vidas, llegamos a asociar con el término muerte, me golpeó cuando yo andaba en torno a los ocho años, en dos ocasiones distintas.   
Si bien soy incapaz de precisar cuál de las dos precedió a la otra cada una me impactó sobremanera, aun cuando solo una tenía la inmediatez necesaria para darle un tinte, si se quiere, personal.   
Fue simple curiosidad carente de morbidez la que un mediodía me hizo acercarme al gentío aglomerado en el portal de la alcaldía municipal, donde los parientes de las víctimas del incendio que consumió su rancho de paja, a poca distancia del límite urbano del poblado, lloraban inconsolablemente, con sus lamentos tan abrasadores como el olor de carne humana carbonizada que permeaba la escena.   
Así fue como el término muerte, arropado en tragedia, adquirió para mí un sentido real.   
Yo estaba entonces en tercer grado de primaria y fue el deceso de la madre de uno de mis condiscípulos el que aportó un entendimiento más profundo de cuán devastadora puede ser, para un ser humano, la muerte.   
Aún a esa temprana edad, mi condiscípulo era (sigue siendo) muy inteligente y su caligrafía nada tenía que envidiar a la de ninguna otra persona. Porque vivíamos en un lugar con quizá unos mil habitantes en el área urbana, había un vigoroso sentido de comunidad entre los residentes.   
Era, así, más que simple formalidad para los condiscípulos de mi amigo acompañarlo al funeral y recuerdo bien la manera estoica en que, siendo el mayor de los hijos, contenía vigorosamente su pesar para impedir que doblegase la fuerza que necesitaba demostrar a los menores.   
Este preámbulo más bien extenso que incluye el abrupto ingreso de mi condiscípulo en una relativa adultez y el todavía traumático recuerdo de los desconocidos que perecieron en una devastadora conflagración se relaciona, aunque de modo un tanto marginal, con el hecho de que en mi caso, la muerte —lenta y gradualmente, de manera constante, inmutable y, también, inevitable— ha erosionado mi infancia … no con el vigor capaz de relegarla al olvido pero sí con la capacidad de dañarla lo suficiente como para decir, al igual que en el título, Au revoir, mon enfance.   
Arriba verán la foto del templo Bautista en el terruño de mi padre al cual yo, mis dos hermanos menores y todos sus parientes paternos, y sus familias, asistimos en nuestra infancia. Hablo de la década de 1950 y parte de la de 1960.   
La tomé de la publicación en facebook que hizo uno de los descendientes del pastor que por entonces guiaba la congregación. Fue a principios de la década de 1990 en que me reuní por última vez con el pastor y su esposa y vínculos familiares —uno de mis primos desposó a una de sus hijas— me permitieron, en cierto modo, mantenerme en contacto.   
Tanto don Venancio como su esposa, al igual que la esposa de mi primo, fallecieron hace algún tiempo.  Hasta donde yo sé, la foto data de por ahí en torno a principios de los años 80 y actualmente hay una nueva estructura en el lugar, por cuanto la de la imagen sufrió daños irreparables en uno de los terremotos más destructivos que asoló el territorio a fines del siglo pasado.   
Mi punto es el siguiente: el edificio de la foto no existe más y uno nuevo, quizá mejor y más seguro y sólido, lo ha reemplazado.   
Pero en mi mente, la araucaria justo a la derecha del portón de hierro se alza todavía majestuosa hacia el firmamento. Y acogidos a su sombra tanto yo como mis primos, manos posadas sobre el muro, esperamos ansiosos el ingreso de otros miembros para asistir al culto dominical.   
En 2009, cuando inicié mi blog Cómo decíamos ayer, una de las primeras entregas hacía remembranzas de mi padre.   
Unos cuantos meses antes de la primera entrega de la serie titulada Father’s Day —que sinteticé luego en Hablanzas como Día del Padre, habían pasado cinco años desde su deceso.   
Fue por allá a mediados de los 70 que comenzó ese lento desgranar de mi infancia. Me parece que la muerte de tío Roberto fue la primera de uno de los hermanos paternos de mi padre —es bien probable que él fuese el segundo en fallecer, precedido si la memoria no me falla por el deceso del mayor de todos, tío Paco— en impactarme de lleno, tanto por el recuerdo de ver a mi padre acongojado en el funeral como por las memorias de los momentos que compartí con ambos.   
Pasaron quizá unos 20 años antes del deceso de tío Armando y hubo, en el ínterin, otras muertes en la familia que contribuyeron, de nuevo, a la erosión gradual del grupo familiar, tanto en el lado paterno como materno.   
En épocas diferentes y no necesariamente en orden correlativo, murieron mis dos abuelas, tíos y tías y primos tanto por parte de padre como de madre —Marina, Atilio, Napoleón, Andrés Atilio—, al igual que otros.     
Como bien debe ser el caso —el tiempo transcurre inexorable y mientras más se vive más próximos estamos a morir— las muertes han aumentado de manera considerable durante los últimos ocho años. 
La muerte de mi hermana materna en noviembre de 2012 fue seguida por la del mayor de mis hermanos maternos, Alfredo, en el curso de los últimos dos años.   
En poco más de 18 meses más de los parientes que nutrieron mi infancia, adolescencia y años de adulto joven, mi vida entera, de hecho, han partido también con rumbo al Creador.   
Uno de ellos, mi tío Eduardo (homónimo de mi abuelo paterno) era un personaje desenfadado, siempre con la sonrisa a flor de labios y una broma o un relato divertido que compartir conmigo, con todos.   
El más joven de los hermanos paternos de mi padre, Noé, ha sido el último de los varones en partir y son pocos los momentos en que mi corazón no se acongoja y pesa en demasía ante mi incapacidad de mantenerme en contacto.   
Por motivos que no vienen al caso en esta historia, ninguno de mis hermanos por parte solo de madre crecieron conmigo y mis dos hermanos menores, por lo cual el reciente fallecimiento de una de mis primas (gemela de la otra a quien adoro sobremanera), con quienes crecí y compartí vivencias a lo largo del tiempo, me ha impactado tanto como si hubiese perdido de nuevo a una hermana.   
Osada e intrépida cuando chica —tenía en su frente la cicatriz de un pesado proyectil que una vez lanzó hacia un árbol de mango, sin percatarse de que rebotaba en dirección suya—, fue dedicada sierva del Señor y tuvo a su cargo el panegírico de mi madre en su funeral.   
La más reciente en esta extensa enumeración es la esposa de tío Armando, Carmen, a quien todos queríamos, queremos, como nuestra propia madre.   
Algo que confío no encontrarán al leer esta larga y, en cierto modo, abreviada lista, es tristeza.   
Se debe al legado que nos dejaron: la creencia en un Dios creador y el convencimiento de que la promesa de la vida eterna nos espera.   
La gracia, ciertamente, tiene origen divino, pero tener familia que nos lo recuerde seguramente ayuda a mantenernos firmes.   
Así, pues, a mis hermanos, mis primos, sus familias, aquí les va este mensaje final: Au revoir, mon enfance. Not adieu. Este es un, Hasta pronto, mi infancia. No un adiós.   
Porque nadie puede borrar las memorias, nuestra infancia, y quienes la nutrieron, sobreviven.

Monday, May 25, 2020

De donde son los gusanos

Vladimiro — (Tranquilizador.) Es de noche, señor; ya ha anochecido. Mi amigo trata de hacerme dudar, y debo reconocer que por un momento lo ha conseguido. Pero no en balde he vivido este largo día, y puedo asegurarle que está dando las últimas boqueadas. (Pausa.) Y hablando de otra cosa: ¿Cómo se encuentra usted?

Estragón. - ¿Cuánto tiempo nos queda aún de aguantarlo? (Le sueltan un poco, y vuelven a cogerlo al ver que se cae.) No somos cariátides.
Samuel Beckett, Esperando a Godot


Si la memoria no me falla, fue en 1967 que la revista mexicana Siempre publicó un extenso reportaje sobre la Unión Soviética. Se cumplían 50 años de la victoria bolchevique en la Revolución de Octubre de 1917 que culminó en la fundación de la URSS y el artículo sintetizaba lo ocurrido durante ese medio siglo.

De donde son los gusanos: portada
Portada de la obra
No pongo mis manos sobre las llamas para asegurar cuál fue, precisamente, el mes de la publicación, pero aclaro lo relativo a la efeméride para disipar las dudas de quien pudiese por ahí desestimar la memoria, postulando aquello de que si alguna publicación latinoamericana fuese en ese entonces a dedicar espacio prominente a la URSS, la respuesta será siempre fácil.

Para entonces, recordarán, la revolución que llevó al poder a Fidel Castro tenía menos de una década de haberse establecido en Cuba. El reportaje en Siempre analizaba los resultados infructuosos de los soviéticos en el cumplimiento de las promesas que llevaron a su fundación luego del triunfo bolchevique y, en una de sus secciones, incluía comentarios de cubanos en la isla. No de cubanos de la calle, que se dice, sino más bien de quienes tenían un cierto rol protagónico.

Desecho las comillas porque no tengo la cita textual a mano, pero en uno de los más interesantes, uno de los entrevistados decía que, si después de 50 años [los cubanos] estuviésemos en la misma condición que hoy está la Unión Soviética, habría que hacer otra revolución. Imposible para mí asegurar, más de medio siglo después de leído el reportaje , si se identificó al entrevistado.

Estos párrafos introductorios, al igual que la cita (al tope) del diálogo entre Vladimiro y Estragón durante su segundo encuentro con Pozzo en Esperando a Godot, vienen a cuento porque ambos temas —el reportaje de 1967 y las frases de Beckett— me los ha hecho recordar Néstor Díaz de Villegas, tanto por el contenido de sus memorias, De donde son los gusanos, como por sus comentarios en la presentación del libro en Books & Books, la librería de Coral Gables que hace más que simplemente apilar libros en estantes y venderlos.

Me enteré del evento en sí más bien al azar. Una joven excompañera de trabajo, con quien restablecimos fugazmente contacto después de muchos meses de interacción cero, me hizo llegar la invitación de un colega periodista y, a la vez, excompañero de trabajo mutuo, Benigno Dou, para asistir a la charla de Díaz de Villegas sobre su obra. La presentación del libro tuvo lugar hace ya varios meses y circunstancias diversas —la dificultad de localizar archivos digitales bien resguardados en USB, una de ellas— resultaron en la postergación de esta entrega.

El 14 de octubre de 1974, nos dice Díaz de Villegas, fue apresado por elementos de la seguridad estatal cuando se preparaba a iniciar sus estudios de onceno grado, poco después de que había leído a sus condiscípulos la “Oda a Carlos III”, su poema de protesta por la decisión del gobierno de designar con el nombre del asesinado presidente de Chile, Salvador Allende, una de las arterias habaneras más conocidas, el bulevar Carlos III. Fragmentos de la subversiva composición que promovió el arresto pueden leerse en este blog.

Al momento de su detención, “En mi mochila, entre tomos de geometría y literatura clásica, llevaba una carga de poemas contrarrevolucionarios”, agrega el autor, en un detalle de llovido-sobre-mojado que muy probablemente deleitó a sus captores.

Su salida del campo de concentración fue resultado de la liberación de tres mil presos políticos tras un acuerdo logrado en 1979 por el presidente estadounidense, Jimmy Carter, y el libro recoge mucho de su vida en el exilio pero, sobre todo, las experiencias vividas a su retorno a la isla luego del actualmente truncado deshielo iniciado por otro gobernante demócrata, Barack Obama.


Sintetizo la obra en esos dos párrafos precedentes porque esta no es, como tal, ni una reseña ni una crítica detallada de De donde son los gusanos.

Hay por ahí en Internet reseñas y comentarios sobre el libro, como esta publicada en El Nuevo Herald o esta otra, que Radio y TV Martí divulgase por los mismos días en que la obra llegó a los estantes.

b.d.: el samizdater
b.d.: el samizdater





Poemas en miniatura
Poemas en miniatura
Mencionaba antes que parte de mi tardanza en publicar estas notas se debía, entre otras cosas, a la dificultad que planteó reencontrar archivos que tengo por ahí almacenados en formato digital.
Hace varios años, cuando coincidimos con Benigno en tareas de edición en una empresa de Miami, capté las fotos aquí incluidas, en las que nos mostró a varios la forma en que se las ingeniaba para conseguir que su labor literaria evadiese el asedio de los censores.
Rollo literario
Rollo literario

Díaz de Villegas nos dice también, en su libro, de otra de las facetas del mutuo colega: la de elemento activo en la publicación clandestina de traducciones de poetas norteamericanos, el samizdat cubano de los años 70, tan peligroso para quienes lo emprendían en la isla como para quienes acuñaron el término tras el Telón de Acero.

El confinamiento carcelario de Díaz de Villegas y la persecución que sufrieron Dou y muchos otros a quienes el autor menciona en su libro se dan, hay que recordarlo, menos de una década después de que, en 1967, el Consejo Literario de la Casa de las Américas emitiese su declaración “en favor de la libertad irrestricta” de la creación artística, sujeta a su carácter “revolucionario”.
Veinte mil leguas y 40 años después
Veinte mil leguas y 40 años después


La mención de las cariátides por el autor es más bien tangencial, tanto en el libro como en la charla a la que asistí y, presumo, en cualquier otro coloquio de presentación realizado.

Dice el relato:

Verja con cariátides
La verja de la vieja casa familiar
“Arribamos a Cumanayagua, mi pueblo natal, y vamos directamente a la última casa donde viví. Saludo a mis antiguos vecinos y veo que allí tampoco queda nada, aunque ahora hay unas verjas con cariátides que dividen los portales. Cariátides de molde, balaústres de concreto que después encontraré por todas partes, como mujeres de Lot”.

El comentario es más amplio y detallado durante su charla y desata una risueña reacción de la audiencia.

De donde son los gusanos abunda en imágenes hábilmente manufacturadas.
“La tarde se escurría entre el follaje como una serpiente desplumada”, nos dice en la frase que abre la última de sus páginas. Unas 20 páginas antes, afirma: “El cementerio de Colón, que hace dos años, durante mi primera visita, se encontraba en un estado de total deterioro, es hoy el único lugar habitable de La Habana”.

Un poco antes de la conclusión de ese mismo capítulo, opina el autor que si en Cuba “continúa el ritmo actual de petrificación, el peso de todas las generaciones muertas terminará aplastando como una pesadilla el cerebro de los vivos”.

Todo eso bien podría llevar a la misma conclusión que alcanza Estragón en la cita incluida al tope.

O quizá a describir la experiencia en la isla en los mismos términos con que el norteamericano Robert Heinlein (conforme la página en inglés de Wikipedia) describió en Stranger in a Strange Land la escultura de Rodin: “No se dio por vencida, Ben; sigue tratando de alzar esa roca, después de que la ha aplastado…”.

Monday, March 30, 2020

En una fecha como hoy, hace 40 años

De puño y letra
De puño y letra
Entonces, como hoy, las calles estaban desiertas. Los motivos son distintos.

Hace cuatro décadas exactas, la muerte permeaba el ambiente.


La causa en El Salvador de 1980 era la endemia de la violencia: mayormente de matiz político, que superaba, con creces, la de tipo simplemente delincuencial.


Una pandemia global, la del coronavirus, ha hecho también este año —al menos, la intención está ahí— que la soledad impere de nuevo en las calles de San Salvador —como en muchas otras ciudades del mundo entero.

La enorme soledad de las calles de la capital salvadoreña la rememoré en esta entrega de Hablanzas y Malhablanzas que publiqué en 2015, cuando estaban por cumplirse 35 años de los trágicos sucesos durante el funeral del asesinado arzobispo Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, ahora santo de la Iglesia Católica Romana.

Un día antes, en De profesión periodista, el pánico de las víctimas inocentes de la violencia en ese soleado, sangriento y trágico Domingo de Ramos es patente, confío, en los extractos de mis despachos.
El carné de la agencia
El carné de la agencia

Por estas mismas fechas, hace cinco años, rememoraba también mis vivencias propias con el padre Romero y escribí en Cuando mataron a Monseñor que mi última entrevista personal con el prelado fue a mediados de febrero de 1980, a pedido de una revista suramericana cliente de la agencia española de noticias EFE, para la cual yo trabajaba como corresponsal de su subsidiaria centroamericana, ACAN.


Podría haber quienes piensen que el detalle es minucioso y, si se quiere, superfluo.
La última entrevista
La última entrevista

Hace ya algunos meses, un compatriota y lector de Hablanzas, me compartió una imagen que, al parecer, llegó a sus manos a través de uno de sus conocidos.

De puño y letra del prelado, su agenda registra en la fecha correspondiente al 12 de febrero de 1980, la hora prevista para su reunión con Acan-Efe.

Monseñor Romero, según se divulgó posteriormente, acostumbraba también grabar las notas de su quehacer cotidiano, con detalles de sus reuniones que posteriormente serían mecanografiadas por alguno de sus asistentes.

Su entrevista conmigo fue, al parecer, la última actividad de esa fecha, como pueden ver en la imagen que también publico aquí, gracias al anónimo —por pedido propio— lector y compatriota.

Sunday, January 20, 2019

Más que mil palabras

Y la respuesta es, una imagen.
Un poco pensando en voz alta y reflexionando en cómo ambos idiomas, el inglés y el español, se asemejan tanto.
Ahí la tienen, pues, la imagen del día.
Que pasen un feliz domingo.

Monday, December 31, 2018

El Chaparrastique: conflación y leyenda


Permítanme, antes de entrar en materia sobre el título de esta entrega, un breve rodeo para explicar el uso ahí de conflación, un término que el mataburros cataloga como desusado.
Podrá parecerles que la incorporación tiene un poco de rebuscada: si ha dejado de usarse, como la RAE define el término en su segunda acepción, a qué emplearlo entonces, ¿nu’es así?

Apuntamientos, David J. Guzmán
Un siglo después de la erupción
Lo de conflación viene a cuento, más bien, porque cuando me di a pergeñar la entrega esta tenía en mente una variedad de temas.
Uno de ellos se refería a contarles de la joven mujer esta a quien adoro sobremanera —no se escandalicen por lo de “joven mujer”, a mi edad el resto del mundo es joven— y que canta muy bien (aunque jamás lo ha hecho ni lo hará para mí, a título personal).
Nada más diré por el momento. Sepan, no obstante, que por ahí llegarán, cuando el ingenio me preste auxilio, unas líneas dedicadas.
Hablando de cantar, por cierto, hay por ahí unas canciones de las que voy a decirles algo en su oportunidad, algunas de ellas relacionadas con eventos y otras con vivencias propias —lo cual no implica, necesariamente, personales.
Para usar una expresión común pero igualmente desfasada, en el tintero también flotan memorias de personajes de la política, el teatro y la literatura.  

Por ahí les avisaré cuando estén listas para que me hagan el favor de leerlas.
Pero bien, ¡A lo que te truje, Chencha! Corto el rodeo y manos a la obra.
Este pasado fin de semana, el sábado 29, para ser exactos, se cumplieron cinco años de que publiqué en estas Hablanzas la entrega titulada, 
El Chaparrastique: erupción y leyenda.
Incluyo aquí el enlace para evitar la repetición de lo ahí dicho: en esencia, es clara la discrepancia entre las fechas de las erupciones y el evento específico que amenazó, directamente, lo que es ahora el actual casco suburbano de San Miguel.



Escribí hace cinco años:

Volvamos, sin embargo, a la leyenda. Es bien posible, me parece, que en ese recuento de la milagrosa intervención marian
a de 1787 no haya discrepancia alguna con lo sucedido. Al fin y al cabo, bien pudo haberse dado una rogatoria en 1762.
Y bien puede ser asimismo que, al recibir la noticia de un nuevo brote de lava, los fieles se lanzaran en procesión hacia la zona para prevenir una repetición de lo sucedido 25 años antes, aunque la trayectoria del magma volcánico fuese distinta. 
El testimonio mismo de los científicos apoya mi conclusión de hace un lustro y lo detallo ahora. 

A finales del Siglo XIX, el científico salvadoreño David J. Guzmán publicó “Apuntamientos”, cuya portada y otras páginas selectas digitalizadas por Google reproduzco aquí.


Los ruegos en 1787
Hechos inconexos, ruegos reiterados
Guzmán, fundador del ahora Museo Nacional de Antropología que en la actualidad lleva su nombre, es también el autor de la Oración a la Bandera (la captura de pantalla del PDF con el texto también está incluida aquí), uno de los credos cívicos que hacen que su nombre sea reconocido básicamente hasta por pequeñuelos de parvularia.
Como también lo hace el estudio geológico reseñado en mi entrega de hace cinco años, Guzmán precisa que la erupción de 1787 arrojó lava hacia las poblaciones de Quelepa y Moncagua, al norponiente de San Miguel, y hacia el entonces camino real que unía a San Miguel con Usulután.
Pero Guzmán recoge el relato de una autoridad migueleña, José Antonio de Andrade, al gobernador intendente, doctor José Ortiz de la Peña, con fecha 24 de septiembre de 1787, unos seis meses después de la erupción.  La cita pueden leerla en la página digitalizada. La conflación —es decir, la fusión esa de dos eventos registrados en un intervalo de 25 años con el fervor religioso— fue real.
Pero no hubo, en 1787, amenaza alguna contra la ciudad, aunque ese sí pudo ser el caso en 1762.


Monday, November 26, 2018

Como para maullar de gozo

Si vamos a ser rigurosos, la relación que el gato Firecat de Cat Stevens tiene con la música en más bien tangencial.
El flamígero felino —ese encendido jengibre de su pelaje se parece mucho al de alguno que por ahí se ha cruzado ante mis pasos— no figura en las melodías que conocemos de Stevens.
... flotando sobre valles y colinas...
...flotando sobre valles y colinas... 
Sí, como mencionaba en mi anterior entrega, destaca en la portada de una de las creaciones de Stevens, Teaser and the Firecat¸ pero en términos de ser sujeto de composición musical alguna, ¡neles pasteles!
A no ser, claro, que hagamos un poco historia —y aquí es donde, créanmelo, le encuentra uno la ventaja a esto de ser vejestorio: si no hubiese pasado antes por ahí no habría forma alguna que el recodo me fuese familiar.
El título del larga duración es homónimo del libro infantil, escrito e ilustrado por Stevens, que se publicó a principios de la década de los 70 y fuera de circulación desde hace mucho.
En el relato, Teaser y Firecat se sobresaltan al escuchar el estruendo que hace la luna al caer.
Ambos investigan y la encuentran incrustada en el techo de un establo.
En el intento que hacen de liberarla, se les escapa, rueda por el paisaje y cae en las aguas de un río de aguas púrpuras…
La historia —relatada en inglés, francés y español— llega a su final luego de que Teaser y Firecat, tras un mágico viaje a bordo de la luna, reciben la ayuda de una bandada de lechuzas rojas para retornarla a su lugar.
No les tomará mucho tiempo, así que aparten unos cuantos minutos para leer, o escuchar, según sea el caso, Teaser and the Firecat en youtube.
Captura de pantalla de la versión animada
La versión animada, con 'Moonshadow' de trasfondo

Libro, al fin y al cabo, para peques, es sumamente probable que la magia de ese viaje a bordo de la luna pasará inadvertida para aquellos cuyos años de infancia son cosa del recuerdo.
De ser así las cosas, sírvanse entonces clicar en esta versión animada que narra un ya desaparecido artista británico-irlandés, Spike Milligan, en la que el encantado recorrido transcurre con “Moonshadow” en el trasfondo.
Está como para, ahem, maullar de gozo.

Sunday, November 18, 2018

Como gato panz'arriba

Eso de los gatos en la música popular tiene sus bemoles, claro. O sus ♭, si es que prefiriésemos dárnosla de entendidos en materia musical.
En el libro, buscan retornar la luna a su lugar
Ya la semana pasada les compartí en un post la letra —solo abreviada un tanto, para evitar la frecuencia de los bis— de uno de los gatos más célebres en la música popular en español.
Ese en la oscuridad, que hace ya varias décadas maúlla por ahí con Roberto Carlos.

Ese es apenas uno de los felinos que figuran destacados en las melodías de reconocidos compositores.
A veces por una fugaz mención, como en el dicho con que Clodomiro El Ñajo nos describe la manera en que trata de arreglárselas para conseguir pareja.

El personaje que Carlos Mejía Godoy y Los de Palacagüina nos dieron a conocer allá por los años 70 se basa en alguien real —como real sería también la aplicación del símil a muchos.
En Mi Niñez, Joan Manuel Serrat nos dijo ha mucho que tenía “diez años y un gato, peludo, funámbulo y necio”, lo cual no debería tomarse en manera alguna como que es su mascota favorita.
No si creemos este post de Internet en donde el catalán nos dice preferir “los perros a los gatos, del mismo modo que me gusta más el mar que la montaña”.
Si quieren más menciones de gatos bien podrían optar por ese otro monstruo compositor de Y sin embargo, Joaquín Sabina, quien igual habla ahí por muchos que se van —¿andamos, mejor decir?— “por los tejados, como gato sin dueño” ante la ausencia.
Hay felinos, mencionados en baladas, que de mascota no tienen nada.
En los 70, Leonardo Favio en Ding dong, esas cosas del amor, contrapone a Pintura Fresca como su grupo musical preferido, frente a Los Gatos —para todos célebres por el melancólico pedido en las notas de Viento, Dile a la Lluvia— favorecidos por la piba a quien insta a “hacerse la rata”. Mmmm, veamos, ¿le gustan Los Gatos  y le pedís hacerse "la rata"?
No en español pero igualmente famoso desde hace ya casi medio siglo es Cat Stevens, cuya portada del LP Teaser and the Firecat verán al tope de esta entrega.
El larga duración es homónimo del libro infantil publicado por Stevens. Ya habrá tiempo para hablar del tema.

Sunday, March 29, 2015

De profesión periodista - i

La primera bomba explosionó a unos cuantos metros de la esquina surponiente de la catedral metropolitana, en esa soleada mañana del Domingo de Ramos de 1980.
Miles se habían congregado en homenaje a monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez y se apretujaban en las calles aledañas al templo católico y en la Plaza Gerardo Barrios, calle de por medio con el atrio donde se oficiaría la misa fúnebre.
El féretro con los restos del prelado estaba sobre una plataforma en el descansillo de las gradas. Uno de los designados como portaféretro era el rector jesuita de la Universidad Católica (UCA) José Simeón Cañas, Ignacio Ellacuría. Casi una década después de los espantosos acontecimientos durante el funeral de Romero, Ellacuría sería también asesinado junto con otras siete personas —cinco, al igual que él, curas.
“Lo más probable es que sea una bomba de propaganda”, dije al corresponsal de una de las cadenas de la TV de Estados Unidos parado justo frente a mí y que dio un nervioso salto al escuchar la detonación.
Minutos después, para utilizar un lugar común, Pandora abrió la caja.
Caos en el funeral de monseñor Romero
Bienvenidos a la locura: caos en el funeral

Los más afortunados fueron, quizá, quienes estaban situados en los bordes de la masiva concentración popular. Lo más probable es que salieron del área sin más impedimento que el de evadir la desbandada.
Para los más próximos a la catedral no había escape posible y, más especialmente, para quienes se habían situado justo al frente del pórtico principal. Fueron esos de entre la multitud los atropellados y pisoteados por la estampida de gente que corría alocadamente de un lado a otro, con la intención de evadir a un agresor que nadie parecía ubicar.
La mayoría de los muertos ese día fueron gente justo frente al atrio, algunos aplastados contra los barrotes de las puertas al frente de la catedral.
Las puertas se habían bloqueado para impedir que la multitud ingresase al templo y permitir que la misa se oficiara en el atrio. Tanto yo como periodistas locales y decenas de corresponsales extranjeros nos habíamos situado en derredor de la plataforma donde estaba colocado el féretro.
Como habrán leído en la síntesis de los despachos que Antonio Coll Gilabert publicó en De profesión periodista —que reproduje también en mi otro blog con motivo del trigésimo aniversario del funeral de Romero, con el título Journalist by Trade—, dije en una de esas crónicas: “Me agacho al ver que otros corren hacia el interior del templo y se ponen en cuclillas para evitar las balas”.
En esa crónica agregué, a renglón seguido, que aún consciente del peligro que implicaba hacerlo, casi en el mismo instante de agacharme me puse de pie porque necesitaba seguir viendo la pesadilla en torno a catedral. Ahí estoy, de pie, enmedio del círculo que he trazado en la foto que el Centro Virtual Cervantes reproduce en las páginas web dedicadas a monseñor.
Foto de Harry Mattison en el Domingo de Ramos de 1980
Los rostros de los pobres

Así que me puse de pie y me mantuve así durante todo el dantesco episodio, mientras tanto mis ojos como mi mente y mi corazón registraban con tristeza los abrumadores gritos de quienes morían a pocos metros de distancia, el pánico de los miles de niños, hombres y mujeres congregados para decir adiós a monseñor, la cantinela del cuadro de la guerrilla, las imploraciones de algunos de los sacerdotes próximos a nosotros en las gradas del atrio y los angustiados rostros de los pobres, semejantes a los que pueden verse en una pintura de El Greco [captados por Harry Mattison en la foto que he destacado en la captura de pantalla del Harry Ramson Center de la Universidad de Texas, en Austin, que puede verse junto con imágenes de fotógrafos como John Hoagland y Susan Meiselas en esta otra página web] y que tanto en ese momento específico como muchos años después pensé que se veían como si cada uno de ellos estuviese ya presenciando la horrenda pesadilla en la que se adentraba mi país.
Como el resto de las calles y avenidas alejadas de la catedral, la Calle Arce estaba desolada pero el recorrido de pocas cuadras hasta el Edificio Magaña donde estaba la corresponsalía de EFE —calle de por medio con la basílica del Sagrado Corazón donde monseñor había hecho, una semana antes, su más vehemente y dramático llamado por el cese de la violencia— lo hicimos prácticamente a paso de tortuga a bordo del pick-up de la Cruz Verde cuyos socorristas habían accedido a transportarme.
Había heridos a bordo, pero la lentitud era estimulada más bien por la precaución. Aunque el vehículo tenía banderas y todo tipo de enseñas que lo identificaban como una unidad de socorro, desplazarse a alta velocidad era una invitación a ser atacado por cualquiera que estuviese armado.
El alivio en el rostro del jefe de la corresponsalía, Rosendo Majano h., cuando me vio entrar a la redacción en el tercer piso probablemente fue un reflejo del que llevaba en mi propia cara luego de salir indemne de los alrededores de catedral.
Sin dilación, comencé a aporrear el teclado del teletipo, interrumpido el laburo nada más para atender las llamadas de radios extranjeras pidiendo un recuento “personal” de la masacre.
Omar González, una de las personalidades radiofónicas más reconocidas entonces en El Salvador y amigo de Rosendo, llegó a la redacción minutos después de yo volver al edificio. Omar llevó comida y bebida y nos acompañó durante el resto de la jornada dominical, mientras despachábamos una toma tras otra por el teletipo, prácticamente sin parar.
Una de las llamadas telefónicas que recibimos —no recuerdo ahora si de la jefatura regional de ACAN-EFE en Panamá o de la redacción de Internacionales, en Madrid— refirió que despachos de otras agencias atribuían a uno de los miembros demócrata cristianos del gobierno la información de que era inminente la declaración de ley marcial.
El informe carecía de veracidad y fue evidente — en el recorrido que hicimos nada más entrada la noche por prácticamente toda la ciudad junto con Omar, a bordo del vehículo de Rosendo— que el sentido de autopreservación humana ofrecía el mismo resultado que si se hubiese declarado ley marcial: las calles estaban desiertas.
Foto en el sitio web del Centro Virtual Cervantes
La Plaza Barrios, con miles de feligreses, y el Palacio Nacional

Hasta nuestros días, las interrogantes sobre quién o quiénes fueron responsables por la violencia en ese Domingo de Ramos siguen sin respuesta.
Tanto en nuestros despachos de ese día desde San Salvador como en los de muchos otros corresponsales, habrán leído las acusaciones de dignatarios católicos visitantes en el sentido de que tropas gubernamentales o militantes de la ultraderecha fueron los que atacaron a la multitud.
Hay quienes mantienen que hubo disparos desde el Palacio Nacional, en ese entonces un edificio gubernamental mayormente abandonado al costado poniente de la Plaza Barrios.
Yo no puedo descartar la posibilidad de que haya habido entonces agentes del gobierno o militantes de la derecha infiltrados entre la multitud, con instrucciones de provocar el caos y el desorden que culminaron en desbandada y muerte.
Pero yo estuve ahí desde bien temprano de la mañana y todo lo que puedo hacer es reiterar que en ningún momento vi soldados en las inmediaciones o disparos que proviniesen del Palacio Nacional o siquiera indicios de que alguien estuviese en el interior de las instalaciones.

Saturday, March 28, 2015

De profesión periodista

A medida que disminuían gradualmente los gritos y los pedidos de auxilio que se entremezclaban con el llanto y los ruegos, el cuadro de la guerrilla repetía con insistencia, a voz en cuello, sus instrucciones a los todavía despavoridos feligreses en la inmediaciones de la Catedral Metropolitana de San Salvador: “¡Agáchense al suelo! ¡No corran! ¡Agáchense!”
Miles se las habían arreglado, a esa altura, para abandonar el área, en una frenética huída de la amenaza de un agresor invisible. Los menos afortunados quedaron arrollados y pisoteados por la multitudinaria estampida  —muertos, algunos de ellos—, tendidos sobre el pavimento.
Fue entonces que el larguirucho y rubio fotógrafo estadounidense, con algunas de sus cámaras pendulando del cuello o los hombros, se aventuró a la calle.
Captando imágenes: Harry Mattison
Harry Mattison frente a catedral

La visión de Harry Mattison integrado a un grupo de al parecer espontáneos voluntarios para cargar a los heridos a un sitio más seguro, mientras se sumaba al coro de "El pueblo, unido, jamás será vencido!" que iniciaron algunos, fue una de las últimas imágenes que registré mientras buscaba la forma de abandonar el atrio del templo católico.
Era Domingo de Ramos, 30 de marzo de 1980. ¡Bienvenidos a la locura!
En términos prácticos, el conflicto armado que en cuestión de meses a partir del primer trimestre de 1980 devino en una cruenta y despiadada guerra civil prácticamente sin cuartel, había comenzado muchos años antes.
Para mí, uno de los conflictos armados más sangrientos en la historia contemporánea de América Latina había comenzado, en realidad, menos de una semana antes, al crepúsculo de un día casi apacible: el lunes 24 de marzo de 1980.
Como rememoré hace cinco años en uno de mis blogs, al cumplirse 30 años del atentado, fue en la tarde de ese lunes que monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, arzobispo de San Salvador, fue asesinado.
El prelado oficiaba una misa en la capilla del hospital para enfermos de cáncer La Divina Providencia, cuando fue abatido por el certero disparo de un francotirador.
Carátula del libro de Antonio Coll Gilabert
Pluma en ristre
En Monsignor and Me, el artículo publicado casi un año antes del trigésimo aniversario y que habrán leído en estas Hablanzas y Malhablanzas como parte de una serie titulada Cuando mataron a monseñor, he sintetizado los eventos del 24 de marzo de 1980 y entrevistas y contactos con el “Padre Romero” desde mis años de adolescencia en San Miguel, este de El Salvador.
El título de esta serie de entregas, “De profesión periodista”, lo he tomado del libro que el colega periodista español, Antonio Coll Gilabert, publicó en España allá en torno a 1983, unos tres años después de los sangrientos sucesos del Domingo de Ramos en la capital salvadoreña.
Supe del trabajo de Coll Gilabert unos cuantos meses después de la publicación, pero no fue sino hasta principios de este siglo que pude contactarlo a través de un amigo mutuo, Ramón Pedrós Martí, el periodista catalán que a mi llegada a Washington en 1981 era el delegado de EFE en la capital estadounidense. A Pedrós —poeta, además de periodista—, más que amigo y colega lo considero hermano.
La obra de Coll Gilabert gira en torno a las experiencias de periodistas españoles —o, en mi caso, de medios españoles— en conflictos armados. La sección en la cual figura mi relato de lo acontecido en los funerales comienza en la página 69 con el recuerdo de una pifia que cometimos en la corresponsalía. Lean abajo, en la fotostática, de qué va el asunto:

Coll Gilabert resuelve el tema de la desaparición que nunca fue y dedica entonces toda la página 70 para resumir lo ocurrido meses antes:

Concluye luego el relato en la página 71 con una frase sacada, sin lugar a dudas, de uno de los primeros despachos que transmití nada más logré llegar a las oficinas de ACAN-EFE a menos de un kilómetro al noroeste del tumulto en la catedral.

La “unidad de socorro” a la que se refiere Coll Gilabert era un camión liviano de la Cruz Verde al que me aproximé cuando cargaba a heridos en la esquina del Teatro Nacional. El socorrista a quien pedí “jalón” queda en el anonimato. No recuerdo si pregunté su nombre o, de haberlo hecho, si lo incluí en algún momento en mis despachos.
De lo que puede estar seguro el anónimo samaritano es que traté de hacer justo lo que pidió: decirle a todos lo sucedido ante la catedral.

Cuando mataron a monseñor - i

En abril de 1989, escasas semanas después de que las elecciones presidenciales en El Salvador diesen como resultado la victoria de Alfredo Cristiani, yo cubría en el Centro Carter de Atlanta (Georgia) una conferencia a la que asistían políticos de Estados Unidos, Canadá, América Latina y el Caribe.
Era enviado especial de notimex —la agencia mexicana de noticias— al encuentro que revestía especial importancia para el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, algunos de cuyos funcionarios figuraban en la lista de oradores destacados.
El auditorio donde habría de celebrarse una rueda de prensa estaba prácticamente desierto y yo aprovechaba el receso y la relativa calma para descansar, luego de “pulir” un despacho en mi computadora portátil.
Portada de Hablemos
Romero en su estudio
“Lots of work? How do you think the meeting is going? [¿Mucho trabajo? ¿Qué le parece la conferencia?]”, escuché de súbito decir al anfitrión, el ex presidente Jimmy Carter.
Parecía estar solo y sin escolta alguna, aunque el agente del Servicio Secreto encargado de protegerlo debía estar por ahí a poca distancia.
Tras reponerme de la sorpresa —el sistema de seguridad era estricto pero no es así como así que uno se topa de repente con Jimmy Carter sin que haya ningún prójimo custodiándolo—, saludarlo e identificarme, la famosa sonrisa del ex presidente pareció agrandarse más cuando, a preguntas suyas, le dije mi nacionalidad.
“¿Cree que habrá alguna oportunidad de que podamos ayudar a Cristiani? Me gustaría mucho hacerlo”, dijo Carter.
“No sé si él estará interesado en recibir ayuda, pero no me cabe duda de que va a necesitar de mucha”, respondí, en tono más bien ambiguo, sabedor de que aún en nuestros días muchos en El Salvador lo consideran anatema.
El intercambio no duró mucho pero de modo un tanto involuntario me hizo rememorar, como me sucede a menudo con elementos aparentemente inconexos al momento específico, las vivencias de años idos.
El día en que monseñor Romero fue asesinado, Robert White tenía apenas semanas de haber llegado a El Salvador, tras su designación como embajador por Carter.
El presidente demócrata hizo de los derechos humanos uno de los pilares de su política exterior y White, como su embajador en Paraguay, había sido uno de los principales promotores de esa estrategia.
Detalles sobre White y la manera en que los sucesos en El Salvador truncaron su carrera diplomática se han divulgado ampliamente desde entonces. En 2001, unas dos décadas después de su ignominioso cese en el cuerpo diplomático estadounidense por el gobierno de Ronald Reagan, este detallado perfil resumía lo que muchos habían aprendido de la historia del ex marino a lo largo de los años.
El artículo recoge una anécdota que White probablemente narró en más de una oportunidad y que pone de relieve la chispa que exhibía con frecuencia.
“Cuando era un joven funcionario, en un vuelo hacia América Latina me senté junto a Juan de Onis, el reportero del New York Times”, narra White a la autora. “Me preguntó quién era yo y adónde me dirigía. Le dije que era miembro del Servicio Exterior y que iba a tomar posesión de un nuevo cargo. Me miró y dijo, ‘Todo el mundo sabe que a esa región destacan a la escoria del Departamento [de Estado]’. Y yo le respondí: ‘Según me dicen, lo mismo hace el New York Times’. Trabamos amistad de inmediato”.
La ocasional mordacidad de ese ingenio no era captada siempre por los interlocutores del diplomático.
Meses antes de que el asesinato de monseñor Romero marcase el principio de la agudización del conflicto armado y a solo escasas semanas del golpe de estado del 15 de octubre de 1979, White conversaba en la antigua Casa Presidencial salvadoreña con los jefes militares.
Al parecer, en algún momento del coloquio uno de esos jefes respondió a las interrogantes de White sobre qué se había hecho para depurar a las fuerzas armadas de elementos de ultraderecha.
El jefe, no identificado por quien me relató la anécdota, barrió su antebrazo izquierdo hacia el resto de sus colegas y luego, barrió hacia el otro costado con el derecho, diciendo enfáticamente:
“De aquí para allá, señor embajador, no queda nadie. ¡A todos los sacamos!”
“O sea, pues, que lo han dejado desprotegido, coronel”, ripostó White.
“Sí, sí, embajador. Sí. ¡Totalmente desprotegido!”, dijo el militar, a carcajada limpia.
Al parecer, no se percató —o, si lo hizo, prefirió no darse por aludido— de la crítica y acusación implícitas en el incisivo pero, al parecer, inocuo comentario.
Portada de libro Jorge Pinto h
Memorias y denuncia

Igualmente distendido, aunque por diferentes motivos, era el ambiente en el convivio con los periodistas que asistíamos a dar la bienvenida a Howard Lane como jefe de prensa de “la embajada”.
La llegada a la residencia de Jorge Pinto h., con el rostro desencajado por el horrendo atentado de que había sido testigo minutos antes en la capilla del hospital La Divina Providencia, le dio un matiz dramático.
Jorgito —el diminutivo usado más que todo para distinguirlo de su padre, Jorge— era un personaje legendario en la política y el periodismo salvadoreños desde principios de la década de 1950.
En El grito del más pequeño, el libro que publicó en México, DF, en la década de 1980, poco después de salir al exilio definitivo, Jorgito narra mucho de lo acontecido con él y su familia.
Más que autobiográfico, El grito del más pequeño recoge también detalles tal vez desconocidos para muchos, aun entre sus mismos compatriotas.
Más pertinente a esta entrega, Pinto h., rememora ahí los instantes inmediatos al disparo asesino contra monseñor Romero y menciona a dos de los trabajadores de su periódico que asistían a la recepción:
La llegada de Jorge Pinto h. a la residencia de White
La llegada de Jorge Pinto h. a la residencia de White
Yo no escuché esa reacción del diplomático. Si la hubo, posiblemente fuese mientras me dirigía presuroso a la corresponsalía a informar al mundo.
¿Cuántas palabras procesamos esa noche en los mastodónticos teletipos de la corresponsalía de EFE? Miles, seguramente.
El frenético aporreo del teclado solo era interrumpido para atender las esporádicas llamadas de radios abonadas a los servicios de la agencia.
Para el momento en que la cinta perforada con el recuento de mi última entrevista con monseñor terminó de procesarse, la noche del sangriento lunes había cedido el paso a los albores de la madrugada del martes 25.
Era un nuevo día. Pero al igual que la apacible y dorada calidad del crepúsculo que mencioné al principio de mi entrada anterior, lo de nuevo día es simplemente un elemento descriptivo.
El asesinato del prelado era sin duda el inicio de una nueva fase en la escalada de violencia.